Carlos despierta y siente el sabor a metal en la boca, revisa su almohada y se da cuenta que hay gotas de sangre desperdigadas sobre la almohada. Recuerda los momentos del día anterior, pero no se inmuta, solo siente un leve cosquilleo en el estomago; es la rabia contenida, se dice para si mismo, mientras tira las cobijas y se dirige al baño.
Se lava los dientes mientras se observa el golpe que tiene en la boca. Mira su cabello anudado por la sangre seca, mira su barba sin rasurar. Han sido días exhaustos, pesados. Tose y sale un flema verdosa con manchas color marrón, Carlos la mira mientras piensa en toda la sangre que tienen que lavar; marrón, con manchas verdosas.
Entra a la regadera, abre el agua fría, aun tiene la sangre caliente. No siente como las gotas de agua se incrustan en su cuerpo, no puede pensar con claridad. Aun siente la rabia en la boca del estómago, siente como le llega a la cabeza, como punzadas que no se detendrán en los últimos 50 años.
"El azul te sienta bien, realza el color de tu piel", le dice su esposa, mientras lo mira nerviosa. Carlos gruñe, se acerca a ella y le da un beso frío en la frente; la mira a los ojos por dos segundos, no recuerda porque se casó con ella, sigue sin recordarlo.
En la calle el sol se aprecia a lo lejos, los primeros rayos comienzan a bañar la ciudad. El ambiente se siente pesado, tenso, denso. Como si cientos de almas deambularan errantes por la laberíntica Ciudad de México. Carlos siente ganas de llorar, las caras de todas esas personas llegan a su mente, el recuerdo del golpe que lo dejó fuera de combate y las botas pisando el contorno de su cuerpo, los guantes blancos y las bengalas que regresaban la luz a ese cielo opaco.
Llega a la Plaza de las Tres Culturas a las seis de la mañana, piensa que debe de haber mucha sangre por limpiar. La plaza amaneció barrida, recuerda Carlos cada 2 de octubre. Aún 50 años después, sigue sintiendo la rabia llegando a la boca de su estómago.
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