Viernes, medio día, metro de la Ciudad de México, línea
azul, estación zócalo, dirección cuatro caminos.
Imaginen ese olor.
Venía de la catedral y el camino más corto para
llegar a mi destino era el metro. Muchos se quejan del metro, pero creo que es
uno de los transportes más eficientes de la ciudad, además de que puedes ver el
rehilete de culturas y formas que construyen la mexicanidad.
-Próxima estación: Allende.
De pronto siento una mirada, una
niña me observa detenidamente. Nuestros ojos se encuentran y se mimetizan, se
quedan inmóviles por un lapso minúsculo de tiempo. La niña extiende su mano,
como si quisiera tocarme, sonrío, le sonrío, la niña llora.
-Próxima estación: Bellas Artes,
transbordo con línea 8, dirección: Garibaldi/Lagunilla-Constitución de 1917.
La madre trata de calmar a la niña,
entre sollozos me mira y llora con más fuerza, presiento que tengo que cambiar
de puesto, la niña comienza a sospechar.
-Próxima estación: Hidalgo,
transbordo con línea 3, dirección: Indios verdes Universidad.
La avalancha me guía hasta una de
las esquinas del vagón, a mi lado una anciana desdentada, se acerca un poco más
a mí, miro como sus fosas nasales se abren poco a poco, miro como jalan aire y perciben
mi olor, frunce el ceño. Trato de moverme y alejarme de ella, pero es imposible,
hay mucha gente. La señora levanta los ojos y mira mis cuencas. Creo que sonríe,
una sonrisa casi imperceptible entre ese mar de arrugas.
-Próxima estación: Revolución.
El vagón poco a poco se despeja, la
señora ya no me mira, se pierde entre pensamientos. Parece que al mirarme se ha
acordado de algo o de alguien, porque da leves suspiros mientras mete las manos
en las bolsas de su mandil. Me acerco a ella y susurrándole al oído le digo que
le quedan pocos días para encontrarse con él. Sonríe una última vez, me mira y
me pregunta si bajo a la siguiente. Niego con la cabeza mientras miro cómo se dirige
a la puerta del vagón.
-Próxima estación: San Cosme.
“Si mire, buenas tardes, no es mi afán
ofenderlo, solo vengo ganándome una moneda. Si mire, me salí de mi casa cuando
era un morrito y desde entonces no tengo dónde vivir, por eso ando acá, rifándome
el físico, espero no ofenderlos con mi acto y si tienen una moneda que no afecte
su economía, agua, alguna fruta o comida, será bien recibida. Muchas gracias y
que llegue con bien a su destino”. Acto seguido el joven esquelético toma una
playera y la deja caer al piso, en ella hay cientos de vidrios de diferentes
tamaños. Deja caer su frágil cuerpo en varias ocasiones, pero no le sale sangre.
Todos fingen no mirarlo.
Tomo un pan traido de la ofrenda,
pero se desvanece en sus manos. Un par de años más, le digo mientras miro como
su rostro se transfigura con el horror.
-Próxima estación: Colegio Militar.
Cuando las puertas se abren, entra
el olor a sangre.
-Próxima estación: Popotla.
Voy en la esquina del vagón, cuando
se abrieron las puertas un olor a muerto se hizo presente. Busqué por todos
lados, para ver de dónde venía ese funesto olor, una chica cabeceaba mientras
una señora la miraba con ternura. La miré fijamente hasta que volteo, al
instante me di cuenta de que no pertenecía a este mundo. No se le ve color en
los ojos, se miran opacos. Moví la cabeza para mirarla mejor, ella hizo lo
mismo, me hizo un gesto de complicidad y comprendí que guiaba a la joven en
este molesto trajín cotidiano, moví la cabeza negativamente. Nos habíamos dado
cuenta de todo.
-Próxima estación: Cuitláhuac.
La joven se levanta y camina hacía
la puerta. El olor a muerto es cada vez más pesado, huele como flores que poco
a poco se pudren en un cántaro con agua, huele a basura acumulada, huele a
desesperación, huele a olvido.
La mujer camina un poco, hasta la
puerta. Sabe que la miro, tiene que seguir el curso, tiene que seguir su camino,
tiene que dejarla ir.
-Próxima estación: Tacuba,
transbordo con línea 7, dirección Barranca del Muerto-El Rosario.
El olor a muerto se incrusta en mi
ser, inunda el vagón, pero parece que nadie lo percibe, es como si se hubieran
acostumbrado a ese olor a muerto, a muerte. Miro a todos lados, mujeres,
hombres, niños, niñas, ancianas, ansíanos, jóvenes; nadie se mira entre sí. Finjo
no mirarlos. Cada vez que miro a alguien, en sus ojos aparece una fecha de
caducidad, una fecha de muerte. Miro por dos segundos a la mujer que huele a
muerto. Sus ojos marcan cero, lo supuse, igual que los míos. “Disculpa, bajas a
la siguiente”, “si”.
-Próxima estación: Panteones.
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