Y bueno, al fin estamos acá, los dos frente al juez.
Viéndonos a los ojos, con el nerviosismo que no se puede ocultar, con las gotas de sudor que caen sobre nuestras frentes. Los testigos nos miran aturdidos, de vez en vez tragan saliva. En el ambiente se siente una bruma pesada, la misma que se extingue cuando el juez lanza la sentencia.
-Señor, ¿acepta?
-Acepto.
-Señora, ¿acepta?
-Acepto.
Nos miramos a los ojos, tratamos de sonreír pero no podemos, es como si nos hubiéramos congelado viendo la quietud del otro. Por dos segundos creo que puede ser una buena idea tomarte de las manos, pero me detengo casi al instante. Se hace un silencio incomodo, casi perpetuo, se pueden escuchar los corazones latiendo a un mismo compás. Tengo que decir o hacer algo, pienso mientras miro como la incomodidad se apodera de los asistentes, tengo las palabras precisas, adecuadas, están por salir cuando de pronto el juez rompa con la quietud del ambiente.
-Pues bien señores, lo último que tiene que hacer es firmar y quedarán oficialmente divorciados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario