Un día Josue se levantó un poco molesto, había tenido un sueño raro, donde alguien le decía que no tenía cultura, que nada lo representaba. Al abrir los ojos trató de buscar en su casa algo que lo identificara, algo que le dijera que tenía que cultura, que era parte de algo; pero no encontró nada; solo un mosquito solitario que deambulaba por su oído, como queriéndose hacer notar. Josue se percató que tenía toda la barriga repleta de sangre, había olvidado prender el ventilador, poner el pabellón y prender el raidolito.
Se levantó apresurado y pensó en preguntarle a su mamá qué que significaba para ella ser igualteca, quería ver si ella podría responder la pregunta que tanto le aquejaba; pero al llegar a la cocina se molestó una vez más, de nuevo picada de papa para almorzar. Prefiero salir y buscar alguna respuesta.
Las calles se le hicieron minúsculas, más aún con un solo sentido, que gracia que en las calles los autos se dirijan a un solo lado. Por un momento recordó a sus amigos, quienes alguna vez le dijeron que en Iguala nadie se puede perder "nomás te vas todo derecho, en cualquier calle y vas a llegar al centro". Una explicación razonable se dijo mientras llegaba al centro, sonrió de la nada.
Caminó alrededor del centro, subió al kiosco, lo vio maquillado con todas esas frases que en algún momento alguien colocó ahí, para decirle algo al mundo. Recordó como fue su primer beso una tarde calurosa de octubre, cuando el cielo pardeaba y por fin la chica de sus sueños había decidido salir con él. Pensó que si quizá le hubiera dado agua de la tamarinda ella seguiría con él. Recuerdos que llegaban a su mente, mientras se tomaba una nieve y escuchaba como la campana de San Francisco repicaba una canción popular.
Se adentró por la calles hasta llegar a la Plaza de las Tres Garantías, mientras miraba con extrañeza el Monumento a la Bandera, la derrumbada ESPI y la rescatada Pérgola, figuras que hacían de Iguala, un lugar emblematico.
Dio dos vueltas sobre su eje, viendo el cielo más azul que pueda existir, sintiendo como el calor abrasador lo hacía sudar a chorros. Miró fijo a la bandera mexicana que adorna imperturbable el cerro de Iguala, nunca la había visto tan imponente. Sonrió una última vez antes de regresar a casa.
Al llegar se dijo a si mismo que hay que estar loco para vivir en Iguala, y él creía que estaba un poco loco.
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