Año Yei Calli, día Nahui Cuauhtli, de
la veintena Hueytecuilhuitl
(13 de agosto de 1521)
Konetl Tenkutli
(Don Juan de Vizcaína y Sigüenza)
Me llamo Juan, me llamaba Juan, antes de
que los demonios color tierra aparecieran en nuestras costas, ahora me conocen
como Konetl. Después de que se apoderaron de todo, nos impusieron muchas de sus
formas de vida, entre ellas los nombres.
Fue en el año
Matlactliomei Técpatl, que nosotros conocemos como 1492, cuando una flota con
tres canoas, seguidas de cientos de balsas, arribaron a las costas de Cádiz,
en ella venían hombres vestidos con mantas y pocas ropas. Los provincianos
asumieron que eran personas venidas de climas más amables y tropicales; su
líder se hacía llamar Moctezuma, y hablaba de que había llegado al nuevo mundo.
Se comunicaban en una
lengua extraña, parecía que hablaban con el paladar, eso fue lo que nos dijo
Don Fernando de Cádiz, cuando escribió para avisarnos de la llegada de estas
personas extrañas. De primera fuente, nos dijo que solo estaban observando y
que se esmeraban en comprender la forma en que vivíamos, nuestras tradiciones y
comida. Trajeron algo que para nosotros resultaba un tanto inservible, le
llamaban obsidiana, una piedra preciosa que les cambiamos por telas, y animales. Esa
primera llegada nos exaltó un poco, pero no supusimos mayor problema, ya que al
poco tiempo se fueron. Nunca habíamos tenido contacto con alguna otra persona
que no fueran similar a nosotros, ese choque con estos seres nos impactó.
Recibimos dos visitas más
de Moctezuma, siempre traía nuevas cosas. En uno de sus viajes trajo algo que
le decían penacho, que era una especie de tocado para el cabello usado por los líderes.
Venían más y más personas a conocernos y nos sentíamos halagados, porque estas
personas desconocidas, sentían un cierto interés en nosotros, era como si
quisieran aprender lo más que pudieran. Alguno de los nuestros me dijo alguna
vez que estaban preparando una conquista, pero no le creí, aun en estos momentos
sigo sin creerlo.
En el año de 1519 pasó lo
que no nos esperábamos, pero que profetizaron años antes. A la bahía de Cádiz
arribó una canoa y cientos de balsas, cargadas con los demonios color
tierra, cientos de hombres que bajaron y se maravillaron con las riquezas que
suponía nuestra madre España. El líder se presentó, nos dijo en su lengua que
se llamaba Cuauhtémoc y que venía a reclamar esta tierra como parte del imperio
Mexica.
Pensando que solo era una
treta, les dimos un muy buen recibimiento, incluso al líder le obsequiamos a
una de nuestras doncellas María -a la que bautizaron como Malintzi-, como
muestra de amistad. Los aztecas parecían complacidos y maravillados con lo que
veían sus ojos. Algunos devotos de la iglesia asumían que Cuauhtémoc era la
reencarnación de Cristo, y no faltó quien dijera que lo vieron caminar sobre
las aguas. Algunos decían que bastaba con un movimiento de su brazo para hacer
temblar a la tierra.
El hijo de Don Fernando
de Cádiz nos dio el aviso de que estas personas parecían hostiles, de hecho,
los bautizó con el nombre de los demonios color tierra. Nos habló de especies
de armas negras, cuchillos, lanzas, arcos y flechas, además de perros sin
ningún pelo y que sacaban fuego por sus fauces.
La comitiva azteca llegó
al Reino de Sevilla, inmediatamente nos dimos cuenta del poderío azteca, la
mayoría de los sevillanos fueron masacrados de una manera atroz, no tenían como
defenderse, parecía que nuestras balas rebotaban en sus fuertes cuerpos. Bastaba
un movimiento certero con sus puñales de obsidiana para cortar de tajo brazos,
piernas, torsos y cabezas. La conquista se comenzaba a gestar.
El siguiente en caer fue
el Reino de Córdova, los cordobeses se dieron por vencidos apenas vieron el
imponente ejercito azteca acercarse. Era como ver demonios, escribió uno de los
comandantes -como aviso al Rey Carlos I-, son inmortales. Cuando los mexicas
lograban apoderarse de un reino, lo primero que hacían era dejar a uno de sus
guerreros águila o jaguar, destruir nuestras iglesias, montar pirámides y ofrecer
un sinfín de corazones y cuerpos humanos, como ofrenda a sus dioses; se
aterraban de nuestras creencias y no podían concebir que solo adoráramos a un dios,
un dios que para ellos era pagano.
El ejército de Cuauhtémoc
siguió su camino, pudo llegar sin contratiempos al Reino de León, Joán,
Valencia y Aragón, donde entablaron alianzas con los lideres de todos estos
puntos, por algún motivo tenían algo contra la comitiva del Rey Carlos I, y la
mejor manera de vengarse era uniendo fuerzas con el ejercito mexica, que cada
vez se veía con más fuerza.
Así pues, y como
esperando lo inevitable, en 1520, La Corona de Castilla y el Imperio Español,
comandado por Carlos I, abrieron las puertas del reino a Cuauhtémoc, quien, quedó
maravillado con la arquitectura, y pidió a Carlos I, hospitalidad para sus
guerreros y los aliados; Carlos I aceptó, y a todo el ejercito de Cuauhtémoc se
le alimentó y se le dio de beber por varios días, aprovechando esta situación
para que, cuando se celebró el carnaval, en donde la mayoría de soldados y
aristocracia española participaba, atacarlos de manera sorpresiva, lo que
originó una de las mayores masacres, que guardará la historia.
Estos hechos desencadenaron
una serie de batallas entre el ejército de España y el ejercito de Cuauhtémoc,
la invasión estaba en su apogeo, lo único que podíamos hacer era resistir,
resistir y repeler los embates de los demonios color tierra, hasta que nueve meses
después de la gran masacre de Castilla, con miles de bajas, población enferma y
un rey que poco a poco descendía de su poder. No quedó nada más que rendirnos y
entregar España a los poderosos Aztecas, misma que fue bautizada casi al
instante como La Nueva Gran Tenochtitlan.
Carlos I, fue apresado, lo
torturaron por tres días, quemándoles los pies, tratando de que confesara sobre
el gran tesoro de Fernando de Aragón, nunca dijo una palabra. Lo colgaron
frente al castillo derrumbado, como muestra de que nuestro Reino había caído.
Escribo esto, como un
testimonio de lo que ha pasado, no se cual será mi destino. Cientos de soldados
que cayeron junto conmigo, han servido para alimentar el apetito de Tonatiuh,
su gran Dios del Sol, supongo que mi castigo será igual. Solo rezo, le pido a
Jesús, que me de las fuerzas necesarias para aguantar este suplicio y que no me
deje ver, como nuestro gran reino se ha convertido en cenizas.
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