-¡Amá!, ¿es usted la que anda allá afuera? ¡Amá!
-Si, vuélvete a dormir, mañana tienes que irte temprano.
-Ya duérmase amá, ya descanse, ya acuéstese, ya es bien noche.
-Ya duérmete mijo, yo nomás ando buscando una cosa acá
afuera. Nomás la encuentro y me acuesto.
Traté de cerrar los ojos, de cerrarlos un poquito más, pero
no podía, el sonido de las sandalias de mi madre arrastrándose por toda la casa,
hacían que los recuerdos regresaran a mi mente.
Me di un par de vueltas, me arropé, me desarropé, conté los hoyos
que tenía la lámina de cartón en el techo; pero el sueño seguía sin llegar, aun
cuando el sonido de las sandalias se hubiera extinguido.
Me levanté y traté de jalar la cortina y salir, pero no pude,
la puerta seguía cerrada. Me asomé por la ventana tratando de sacar mi cabeza
por los barrotes, traté de mirar más allá del muro, pero no pude.
Regresé al suelo, me tapé con las cobijas e intenté dormir. Afuera, el sonido de las sandalias de mamá arrastrándose por todo el lugar seguía llegando hasta mis oídos; sonaban como si buscara algo, como si buscara a alguien.
Regresé al suelo, me tapé con las cobijas e intenté dormir. Afuera, el sonido de las sandalias de mamá arrastrándose por todo el lugar seguía llegando hasta mis oídos; sonaban como si buscara algo, como si buscara a alguien.
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