Me conocen como Perro Rabioso, tengo 30 años. Nací un
viernes a las 4:00 pm., en un lugar donde solo los de mi estrato social pueden
nacer: un IMSS.
Me crie en el seno de una familia
maravillosa. Mi madre con sus apenas 18 años y jalando de la mano a mi traviesa
hermana, mi padre a sus 22 años y con el temple suficiente para sacarnos a
flote. Nací en una familia de clase baja, migrante en su mismo país, las
condiciones sociales los orillaron a dejar su lugar de origen para buscar el
tan maravilloso Sueño de la Ciudad de
México. Pero el sueño nos golpeó directo en la cara. Los primeros recuerdos
que tengo de un hogar corresponden a un par de cuartos de ladrillo y lamina de
asbesto; los pisos eran uniformes, y tenían protuberancias; no tengo recuerdos
de libros, fueron cambiados por las majestuosas obras de Lágrimas y Risas. No recuerdo pinturas bonitas o de arte, nuestro
único arte eran las caricaturas, mi predilecta Los Pitufos. No recuerdo música clásica o de trova, Los Tigres del Norte y Vicente Fernández acompañaron mi niñez. No
nací junto al “arte”; no tendría por qué ser escritor.
Me llamo Everardo. Desde las
palabras de mi padre: “es lo único que te voy a heredar, el nombre”, además me
heredó un gusto endiablado por la lectura, una barba que me da personalidad y
un gusto acérrimo por la caguama helada (aunque él lleve 29 años sin beber). De
mi madre tengo el temple, el coraje, además de dos hermosos ojos cafés y una
nariz “chata”. Nunca me llamó la atención la escuela, me gustaba más ser dicharachero, supongo que eso se lo
heredé a alguno de mis abuelos, aunque los conocí muy poco, tan poco, que casi
no tengo recuerdos de ellos.
Siempre viví en “zonas populares”, “barrios
bravos”, “lugares donde no pasó Dios”, “en el culo del Diablo”. A veces me
pregunto ¿por qué soy escritor? No viví en lugares que dieran pauta a una
carrera como hacedor y creador de letras, mi mundo se centraba en la condición
social que depuraba cualquier tipo o estilo de arte, en ese contexto eso no
existe, el hambre no nos permite escribir, pensar, crear, admirar lo hermoso
que otros hacen; las pocas fuerzas que tenemos no hacen que busquemos versos en
el aire, nos hacen buscar comida, ganas de aferrarnos a la vida.
Gracias al siempre incansable
Everardo padre, y a la siempre aguerrida Cristina madre; pude completar un par
de estudios, secundaria y preparatoria, la condición no me permitía pensar en
otra cosa, había conocido el alcohol, y poco a poco me aferraba más a él, como
el medio preciso para olvidar un poco el ambiente maltrecho en el que nos encontrábamos.
Ni siquiera pasaba por mi mente el ser escritor.
Ahora bien, cómo es que después de
todo lo antes narrado, conseguí tener de pie por 19 números a una de las
revistas de literatura más importantes de Iguala, Guerrero; cómo es que
conseguí Dirigir dos editoriales (HíbridoS y Arista Editorial) y un fondo
editorial (Fondo Editorial Guadalupe Posada); además de meter mis manos en
mucho de lo que se ha publicado en los últimos 7 años en la Zona Norte de
Guerrero; además de tener nueve publicaciones, tres de ellas como libros en
forma. Ni yo lo sé, solo sé que pasó.
Y pasó de la mejor manera, sin que
nadie me dijera qué camino tomar, sin que mis padres decidieran a base de
lecturas forzadas, de música silenciosa, de pinturas inentendibles, meterme en
el vasto mundillo del arte. Bastó con conocer algunos muchos escritores,
adentrarme en la lectura, crear, tallerear, recibir críticas, ser
menospreciado, apabullado, recibir burlas; todo eso bastó para poder conseguir
lo que nunca anhelé, pero que construí a base de sueños y perseverancia,
gracias a todo este trabajo conseguí convertirme en escritor.
Muchas veces con varias copas
encima, traté de despegarme de ese sueño, arrojarlo por la ventana, dejarlo por
la paz, no seguir creando, porque según yo, todo lo que hacía era malo. Intenté
imitar a mis escritores predilectos, quizá no estaba utilizando la fórmula
adecuada, así que el alcohol y los cigarrillos se multiplicaron mientras
intentaba crear algún verso o alguna prosa; pero nada resultó como lo veía en
mi mente expandida. No soy Bukowski y quizá no debería intentar ser escritor,
me repetía sin cesar.
Lo único que produjo el cambio, fue
ver mi realidad. No soy artista, no nací entre artistas, no se diferenciar la
buena música de la mala música (escucho: ska, rock, reggae, rap, punk), no
puedo apreciar una buena pintura (no veo la diferencia entre Picasso y Belin),
no sé nada de danza (pero se bailar “No rompas más mi pobre corazón” y “Payaso
de rodeo”), no sé qué es el arte. Quizá el problema radica en que creo que el
arte es una madre que, a sus 18 años lidia con 2 pequeños niños, que ella no
pidió tener; quizá arte es trabajar 16 horas de tu vida para poder llevar a
casa algo de comer, quizá arte es dejar de comprarte unos pantalones, para poder
llevar un pollo rostizado a casa; quizá arte es sentarte dos horas de tu tiempo
libre con tu hijo de preparatoria para revisarle el cuaderno y con eso permitir
que termine la prepa; quizá arte es mandarle 200 pesos a tu hijo para que pueda
comer, aunque tú no comas ese día; quizá arte es sentarte a tomarte una taza de
café con tus padres treinta años después, verlos con el gesto cansado, pero con
los ojos brillantes llenos de felicidad, de saber que su hijo, es un gran
escritor. Creo que todo eso es arte, y vale mucho la pena escribirlo.
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