Tinta y Rabia

Tinta y Rabia

martes, 6 de marzo de 2018

Él escritor

Me conocen como Perro Rabioso, tengo 30 años. Nací un viernes a las 4:00 pm., en un lugar donde solo los de mi estrato social pueden nacer: un IMSS.
Me crie en el seno de una familia maravillosa. Mi madre con sus apenas 18 años y jalando de la mano a mi traviesa hermana, mi padre a sus 22 años y con el temple suficiente para sacarnos a flote. Nací en una familia de clase baja, migrante en su mismo país, las condiciones sociales los orillaron a dejar su lugar de origen para buscar el tan maravilloso Sueño de la Ciudad de México. Pero el sueño nos golpeó directo en la cara. Los primeros recuerdos que tengo de un hogar corresponden a un par de cuartos de ladrillo y lamina de asbesto; los pisos eran uniformes, y tenían protuberancias; no tengo recuerdos de libros, fueron cambiados por las majestuosas obras de Lágrimas y Risas. No recuerdo pinturas bonitas o de arte, nuestro único arte eran las caricaturas, mi predilecta Los Pitufos. No recuerdo música clásica o de trova, Los Tigres del Norte y Vicente Fernández acompañaron mi niñez. No nací junto al “arte”; no tendría por qué ser escritor.
Me llamo Everardo. Desde las palabras de mi padre: “es lo único que te voy a heredar, el nombre”, además me heredó un gusto endiablado por la lectura, una barba que me da personalidad y un gusto acérrimo por la caguama helada (aunque él lleve 29 años sin beber). De mi madre tengo el temple, el coraje, además de dos hermosos ojos cafés y una nariz “chata”. Nunca me llamó la atención la escuela, me gustaba más ser dicharachero, supongo que eso se lo heredé a alguno de mis abuelos, aunque los conocí muy poco, tan poco, que casi no tengo recuerdos de ellos.
Siempre viví en “zonas populares”, “barrios bravos”, “lugares donde no pasó Dios”, “en el culo del Diablo”. A veces me pregunto ¿por qué soy escritor? No viví en lugares que dieran pauta a una carrera como hacedor y creador de letras, mi mundo se centraba en la condición social que depuraba cualquier tipo o estilo de arte, en ese contexto eso no existe, el hambre no nos permite escribir, pensar, crear, admirar lo hermoso que otros hacen; las pocas fuerzas que tenemos no hacen que busquemos versos en el aire, nos hacen buscar comida, ganas de aferrarnos a la vida.
Gracias al siempre incansable Everardo padre, y a la siempre aguerrida Cristina madre; pude completar un par de estudios, secundaria y preparatoria, la condición no me permitía pensar en otra cosa, había conocido el alcohol, y poco a poco me aferraba más a él, como el medio preciso para olvidar un poco el ambiente maltrecho en el que nos encontrábamos. Ni siquiera pasaba por mi mente el ser escritor.
Ahora bien, cómo es que después de todo lo antes narrado, conseguí tener de pie por 19 números a una de las revistas de literatura más importantes de Iguala, Guerrero; cómo es que conseguí Dirigir dos editoriales (HíbridoS y Arista Editorial) y un fondo editorial (Fondo Editorial Guadalupe Posada); además de meter mis manos en mucho de lo que se ha publicado en los últimos 7 años en la Zona Norte de Guerrero; además de tener nueve publicaciones, tres de ellas como libros en forma. Ni yo lo sé, solo sé que pasó.
Y pasó de la mejor manera, sin que nadie me dijera qué camino tomar, sin que mis padres decidieran a base de lecturas forzadas, de música silenciosa, de pinturas inentendibles, meterme en el vasto mundillo del arte. Bastó con conocer algunos muchos escritores, adentrarme en la lectura, crear, tallerear, recibir críticas, ser menospreciado, apabullado, recibir burlas; todo eso bastó para poder conseguir lo que nunca anhelé, pero que construí a base de sueños y perseverancia, gracias a todo este trabajo conseguí convertirme en escritor.
Muchas veces con varias copas encima, traté de despegarme de ese sueño, arrojarlo por la ventana, dejarlo por la paz, no seguir creando, porque según yo, todo lo que hacía era malo. Intenté imitar a mis escritores predilectos, quizá no estaba utilizando la fórmula adecuada, así que el alcohol y los cigarrillos se multiplicaron mientras intentaba crear algún verso o alguna prosa; pero nada resultó como lo veía en mi mente expandida. No soy Bukowski y quizá no debería intentar ser escritor, me repetía sin cesar.
Lo único que produjo el cambio, fue ver mi realidad. No soy artista, no nací entre artistas, no se diferenciar la buena música de la mala música (escucho: ska, rock, reggae, rap, punk), no puedo apreciar una buena pintura (no veo la diferencia entre Picasso y Belin), no sé nada de danza (pero se bailar “No rompas más mi pobre corazón” y “Payaso de rodeo”), no sé qué es el arte. Quizá el problema radica en que creo que el arte es una madre que, a sus 18 años lidia con 2 pequeños niños, que ella no pidió tener; quizá arte es trabajar 16 horas de tu vida para poder llevar a casa algo de comer, quizá arte es dejar de comprarte unos pantalones, para poder llevar un pollo rostizado a casa; quizá arte es sentarte dos horas de tu tiempo libre con tu hijo de preparatoria para revisarle el cuaderno y con eso permitir que termine la prepa; quizá arte es mandarle 200 pesos a tu hijo para que pueda comer, aunque tú no comas ese día; quizá arte es sentarte a tomarte una taza de café con tus padres treinta años después, verlos con el gesto cansado, pero con los ojos brillantes llenos de felicidad, de saber que su hijo, es un gran escritor. Creo que todo eso es arte, y vale mucho la pena escribirlo.

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