Tinta y Rabia

Tinta y Rabia

miércoles, 21 de marzo de 2018

Crónica de un 21 de marzo de 1992


Las fuertes sacudidas me sacan de ese letargo; soñaba con que volaba a un mágico lugar, donde los ríos eran de chocolate y las nubes de bombón, los arboles daban caramelos y…
—¡Órale, flojo!, ya párate. ¿Qué no ves que hoy es el desfile? indudablemente era la voz de mi madre, y ¿el desfile?, ¿a cuál desfile se refiere? Lo adiviné cuando vi mi pantalón blanco sobre la silla que está al lado de mi cama. Abruptamente olvidé mi sueño, ¡vale queso! Pero no vale queso el desfile ¡eh!, vale queso que se me olvidó mi sueño. Desfilar siempre me ha gustado; bueno, nada más he desfilado una vez, cuando iba en segundo y salí en la escolta, marché bien bonito, ¡me cae! Hasta una foto tengo con la escolta. Y, pues, ésta que es el día de la primavera. ¿Apoco la primavera tiene un día?, ¿quién le habrá puesto el nombre de primavera?, ¿los perros tienen sueños?, ¿por qué mi hermana es bien floja?, ¿qué es trabajar?
—¡Con una chingada, Lalo! Ya párate de nuevo la voz de mi mamá. Me levanto como si tuviera un resorte en la cola, y no es que yo siempre me pare así, pero ¡no inventes! hoy es el desfile y, nada más y nada menos, que me van a poner el traje más chido de todo el jardín.
Desde que nos dijeron que nos tendríamos que disfrazar de algún animalito, yo le recé a San Martincito de Porres para que me tocara de conejito, hijo del maíz. Ese es el disfraz más bonito, ¡me cae!. Y ¡chin!, la maestra Martha que dice: ‹‹Lalito, te tocó el de conejito››. ‹‹¡Ujujuy!››, pegué un brincote. El que yo quería, estaba recontento.
—¡Everardo! —¡Ah, jijo! Ya se enojó mi mamá, nomás me dice así cuando ya se enojó, pus tengo que cambiarme, pero primero voy a hacer pipí—. Ya te dije que no te orines en mis plantas, pilcate del demonio. ¡Ay!, mi mamá. ¿Qué no ve que llovió y que ni se ve donde hecho mi pipí?—. Ven para que te cambie, pero ¡ándale!, que se nos va a hacer tarde. Como rayo me subí a la cama. Mi mami me quita toda mi ropa. ¡Ah, caray!, hace frío, pero luego, luego me pone mi trusita blanca, mi camisetita blanca, una camisa de manga larga blanca, me pone mi pantalón blanco y, por último, mis zapatos negros. ¿¡Qué!?, ¡zapatos negros!, ¡no manches! Todo bien blanco y ¡zapatos negros!, voy a parecer un conejo con botas. Mi mamá va a su cuarto, trae algo en sus manos. Siéntate mijo, no te muevas que te voy a pintar como conejito. El pintarme como conejito sólo consiste en hacer tres líneas en cada mejilla con su delineador y pintarme la punta de la nariz color rojo con su bilé. Me pone unas orejas que ella misma hizo. ¡Qué padre!, son blancas. Estaba preocupado pensando que podrían ser negras, y cómo, pues, si soy un conejito blanco.
Estoy listo y flamante, el conejo blanco más chulo de todo el jardín, ¡Abuelita de Batman que sí! Me pongo a brincar en mi cama y por todo el cuarto. Y cómo no brincar si soy un conejito, y los conejos brincan, ¿no? Mi mamá batalla para que Maguis se despierte, es bien floja.
Yo sigo brincando por todos lados. Ahora el brincoteo se pasó al patio. Bueno, soy un conejo, ¿no?, tengo que brincar por todos lados.
Mijo, ten cuidado. No te vayas a caer en un charco —me hago el que no escucho. Si te caes, así te voy a llevar ¿eh? Y, a aparte, te voy a chingar. Soy un conejo, no entiendo el idioma de los humanos, háblame en conejo.
El patio es amplio, pero yo soy un conejo, el que brinca más alto, si no, mira este brincotototote…
¡Ah, jijo de su madre!, no le medí bien. Pinche tabique, se me movió, caí bien de pompas en ese charcote; para mi mala suerte, es el más grandote de todo el patio. En ese momento me enojé mucho, y recordé a mi tío Emilio, a quien alguna vez escuché decir que cuando uno se enoja dice groserías; así que saqué todo mi arsenal de malas palabras: pipí, caca, popo, pedo, ish, cochino, jijo del maíz, pilcate, y otras que no recuerdo.
Totalmente molesto y si no me creen debieron haber visto mis lágrimas de puro coraje me levanté como lo hacen los conejos, de un brincote. Iba a seguir brincando, pero en ese momento sentí tibia mi nalguita.
—¡Hijo de la chingada!, te dije dos cinturonazos más y ámonos al desfile. Pero mami, cómo me llevas así. Bueno, no me importa, soy un conejito blanco, el más bonito, una caidita chiquita a cualquiera le pasa, incluso al conejo que brinca más chido.
Ya está todo pa’l desfile; los carros, las abejitas, los ositos, los zorritos, las florecitas, un león, un mapache, y la maestra Martha. Quien me ve, se acerca, me abraza. —¡Ay!, pero qué bonito conejito, gris. El más bonito —¡Hum!, ya no quiero desfilar.

martes, 6 de marzo de 2018

Él escritor

Me conocen como Perro Rabioso, tengo 30 años. Nací un viernes a las 4:00 pm., en un lugar donde solo los de mi estrato social pueden nacer: un IMSS.
Me crie en el seno de una familia maravillosa. Mi madre con sus apenas 18 años y jalando de la mano a mi traviesa hermana, mi padre a sus 22 años y con el temple suficiente para sacarnos a flote. Nací en una familia de clase baja, migrante en su mismo país, las condiciones sociales los orillaron a dejar su lugar de origen para buscar el tan maravilloso Sueño de la Ciudad de México. Pero el sueño nos golpeó directo en la cara. Los primeros recuerdos que tengo de un hogar corresponden a un par de cuartos de ladrillo y lamina de asbesto; los pisos eran uniformes, y tenían protuberancias; no tengo recuerdos de libros, fueron cambiados por las majestuosas obras de Lágrimas y Risas. No recuerdo pinturas bonitas o de arte, nuestro único arte eran las caricaturas, mi predilecta Los Pitufos. No recuerdo música clásica o de trova, Los Tigres del Norte y Vicente Fernández acompañaron mi niñez. No nací junto al “arte”; no tendría por qué ser escritor.
Me llamo Everardo. Desde las palabras de mi padre: “es lo único que te voy a heredar, el nombre”, además me heredó un gusto endiablado por la lectura, una barba que me da personalidad y un gusto acérrimo por la caguama helada (aunque él lleve 29 años sin beber). De mi madre tengo el temple, el coraje, además de dos hermosos ojos cafés y una nariz “chata”. Nunca me llamó la atención la escuela, me gustaba más ser dicharachero, supongo que eso se lo heredé a alguno de mis abuelos, aunque los conocí muy poco, tan poco, que casi no tengo recuerdos de ellos.
Siempre viví en “zonas populares”, “barrios bravos”, “lugares donde no pasó Dios”, “en el culo del Diablo”. A veces me pregunto ¿por qué soy escritor? No viví en lugares que dieran pauta a una carrera como hacedor y creador de letras, mi mundo se centraba en la condición social que depuraba cualquier tipo o estilo de arte, en ese contexto eso no existe, el hambre no nos permite escribir, pensar, crear, admirar lo hermoso que otros hacen; las pocas fuerzas que tenemos no hacen que busquemos versos en el aire, nos hacen buscar comida, ganas de aferrarnos a la vida.
Gracias al siempre incansable Everardo padre, y a la siempre aguerrida Cristina madre; pude completar un par de estudios, secundaria y preparatoria, la condición no me permitía pensar en otra cosa, había conocido el alcohol, y poco a poco me aferraba más a él, como el medio preciso para olvidar un poco el ambiente maltrecho en el que nos encontrábamos. Ni siquiera pasaba por mi mente el ser escritor.
Ahora bien, cómo es que después de todo lo antes narrado, conseguí tener de pie por 19 números a una de las revistas de literatura más importantes de Iguala, Guerrero; cómo es que conseguí Dirigir dos editoriales (HíbridoS y Arista Editorial) y un fondo editorial (Fondo Editorial Guadalupe Posada); además de meter mis manos en mucho de lo que se ha publicado en los últimos 7 años en la Zona Norte de Guerrero; además de tener nueve publicaciones, tres de ellas como libros en forma. Ni yo lo sé, solo sé que pasó.
Y pasó de la mejor manera, sin que nadie me dijera qué camino tomar, sin que mis padres decidieran a base de lecturas forzadas, de música silenciosa, de pinturas inentendibles, meterme en el vasto mundillo del arte. Bastó con conocer algunos muchos escritores, adentrarme en la lectura, crear, tallerear, recibir críticas, ser menospreciado, apabullado, recibir burlas; todo eso bastó para poder conseguir lo que nunca anhelé, pero que construí a base de sueños y perseverancia, gracias a todo este trabajo conseguí convertirme en escritor.
Muchas veces con varias copas encima, traté de despegarme de ese sueño, arrojarlo por la ventana, dejarlo por la paz, no seguir creando, porque según yo, todo lo que hacía era malo. Intenté imitar a mis escritores predilectos, quizá no estaba utilizando la fórmula adecuada, así que el alcohol y los cigarrillos se multiplicaron mientras intentaba crear algún verso o alguna prosa; pero nada resultó como lo veía en mi mente expandida. No soy Bukowski y quizá no debería intentar ser escritor, me repetía sin cesar.
Lo único que produjo el cambio, fue ver mi realidad. No soy artista, no nací entre artistas, no se diferenciar la buena música de la mala música (escucho: ska, rock, reggae, rap, punk), no puedo apreciar una buena pintura (no veo la diferencia entre Picasso y Belin), no sé nada de danza (pero se bailar “No rompas más mi pobre corazón” y “Payaso de rodeo”), no sé qué es el arte. Quizá el problema radica en que creo que el arte es una madre que, a sus 18 años lidia con 2 pequeños niños, que ella no pidió tener; quizá arte es trabajar 16 horas de tu vida para poder llevar a casa algo de comer, quizá arte es dejar de comprarte unos pantalones, para poder llevar un pollo rostizado a casa; quizá arte es sentarte dos horas de tu tiempo libre con tu hijo de preparatoria para revisarle el cuaderno y con eso permitir que termine la prepa; quizá arte es mandarle 200 pesos a tu hijo para que pueda comer, aunque tú no comas ese día; quizá arte es sentarte a tomarte una taza de café con tus padres treinta años después, verlos con el gesto cansado, pero con los ojos brillantes llenos de felicidad, de saber que su hijo, es un gran escritor. Creo que todo eso es arte, y vale mucho la pena escribirlo.