Las fuertes sacudidas me sacan de ese
letargo; soñaba con que volaba a un mágico lugar, donde los ríos eran de
chocolate y las nubes de bombón, los arboles daban caramelos y…
—¡Órale, flojo!, ya párate.
¿Qué no ves que hoy es el desfile? —indudablemente era la voz de mi madre, y
¿el desfile?, ¿a cuál desfile se refiere? Lo adiviné cuando vi mi pantalón
blanco sobre la silla que está al lado de mi cama. Abruptamente olvidé mi
sueño, ¡vale queso! Pero no vale queso el desfile ¡eh!, vale queso que se me olvidó mi sueño.
Desfilar siempre me ha gustado; bueno, nada más he desfilado una vez, cuando
iba en segundo y salí en la escolta, marché bien bonito, ¡me cae! Hasta una foto tengo con la
escolta. Y, pues, ésta que es el día de la primavera. ¿Apoco la primavera tiene
un día?, ¿quién le habrá puesto el nombre de primavera?, ¿los perros tienen
sueños?, ¿por qué mi hermana es bien floja?, ¿qué es trabajar?
—¡Con una chingada, Lalo! Ya
párate —de
nuevo la voz de mi mamá. Me levanto como si tuviera un resorte en la cola, y no
es que yo siempre me pare así, pero ¡no inventes! hoy es el desfile y, nada más
y nada menos, que me van a poner el traje más chido de todo el jardín.
Desde que nos
dijeron que nos tendríamos que disfrazar de algún animalito, yo le recé a San
Martincito de Porres para que me tocara de conejito, hijo del maíz. Ese es el
disfraz más bonito, ¡me cae!. Y ¡chin!,
la maestra Martha que dice: ‹‹Lalito, te tocó el de conejito››. ‹‹¡Ujujuy!››, pegué un brincote. El que yo
quería, estaba recontento.
—¡Everardo! —¡Ah, jijo!
Ya se enojó mi mamá, nomás me dice
así cuando ya se enojó, pus tengo que
cambiarme, pero primero voy a hacer pipí—. Ya te dije que no te
orines en mis plantas, pilcate del
demonio. —¡Ay!,
mi mamá. ¿Qué no ve que llovió y que ni se ve donde hecho mi pipí?—. Ven para que te cambie,
pero ¡ándale!, que se nos va a hacer tarde. —Como rayo me subí a la
cama. Mi mami me quita toda mi ropa. ¡Ah, caray!, hace frío, pero luego, luego me pone mi trusita blanca, mi
camisetita blanca, una camisa de manga larga blanca, me pone mi pantalón blanco
y, por último, mis zapatos negros. ¿¡Qué!?, ¡zapatos negros!, ¡no manches! Todo
bien blanco y ¡zapatos negros!, voy a parecer un conejo con botas. Mi mamá va a
su cuarto, trae algo en sus manos. ―Siéntate mijo, no te
muevas que te voy a pintar como conejito. —El pintarme como conejito
sólo consiste en hacer tres líneas en cada mejilla con su delineador y pintarme
la punta de la nariz color rojo con su bilé. Me pone unas orejas que ella misma
hizo. ¡Qué padre!, son blancas. Estaba preocupado pensando que podrían ser
negras, y cómo, pues, si soy un conejito blanco.
Estoy listo y
flamante, el conejo blanco más chulo de todo el jardín, ¡Abuelita de Batman que sí! Me pongo a brincar en mi cama y por
todo el cuarto. Y cómo no brincar si soy un conejito, y los conejos brincan,
¿no? Mi mamá batalla para que Maguis se despierte, es bien floja.
Yo sigo brincando
por todos lados. Ahora el brincoteo se pasó al patio. Bueno, soy un conejo,
¿no?, tengo que brincar por todos lados.
—Mijo,
ten cuidado. No te vayas a caer en un charco —me hago el que no escucho—. Si te caes, así te voy
a llevar ¿eh? Y, a aparte, te voy a chingar. —Soy un conejo, no
entiendo el idioma de los humanos, háblame en conejo.
El patio es
amplio, pero yo soy un conejo, el que brinca más alto, si no, mira este
brincotototote…
¡Ah, jijo de su madre!, no le medí bien. Pinche
tabique, se me movió, caí bien de pompas en ese charcote; para mi mala suerte,
es el más grandote de todo el patio. En ese momento me enojé mucho, y recordé a
mi tío Emilio, a quien alguna vez escuché decir que cuando uno se enoja dice
groserías; así que saqué todo mi arsenal de malas palabras: pipí, caca, popo,
pedo, ish, cochino, jijo del maíz, pilcate, y otras que no recuerdo.
Totalmente molesto
―y si no me creen
debieron haber visto mis lágrimas de puro coraje― me levanté como
lo hacen los conejos, de un brincote. Iba a seguir brincando, pero en ese
momento sentí tibia mi nalguita.
—¡Hijo de la chingada!, te dije
—dos
cinturonazos más y ámonos al desfile.
Pero mami, cómo me llevas así. Bueno, no me importa, soy un conejito blanco, el
más bonito, una caidita chiquita a cualquiera le pasa, incluso al conejo que
brinca más chido.
Ya está todo pa’l desfile; los carros, las abejitas, los ositos, los zorritos,
las florecitas, un león, un mapache, y la maestra Martha. Quien me ve, se
acerca, me abraza. —¡Ay!,
pero qué bonito conejito, gris. El más bonito —¡Hum!,
ya no quiero desfilar.